
Se ha publicado A la muerte de todos los libros sagrados, 57 poemas que se regalan aquí. Quien lo quiera en papel también lo puede tener. Cumple los criterios para ser libro: un objeto encuadernado de al menos cuarenta y nueve páginas, pero eso es decir muy poco. Cientos de miles de libros se destruyen cada día, muchos más se imprimen. Nada se pierde, poco se gana. Las instituciones los celebran y publican libros de hojas en blanco, basta la firma.
Este es un libro sencillo: poemas sobre la poesía; pero no desde el gesto ensimismado y onanista que se justifica en la necesidad expresiva, sino desde la sospecha. La poesía como ente indefinible para quienes la cultivan, pero que por ello aceptan su tramoya institucional sin percatarse de cómo los dirige. Y aún así, inevitablemente, también poesía, mirada que trata de escaparse sin traicionarse hacia territorios no contaminados por las abstracciones líricas del sentimiento. Aquí no hay almas ni corazones, sino la búsqueda de una corriente de verdad —es decir, de silencio— fluyendo entre lo cotidiano. ¿Qué hacer si la experiencia no basta? Justificarse sobre uno mismo es caer en un pozo de voces indistinguibles. Hay que salir a recoger pétalos y flores como hacen los niños, y mostrarlas. El niño es, además, el que grita que el rey va desnudo.