El sistema del mundo

¿A qué poder omnímodo apelan los «antisistema» en la justificación de sus contiendas? La ingenuidad conspiranoica, atenta siempre a disfrutar de relatos fabulosos, imagina esferas sobrehumanas donde se reúnen seres tan poderosos que ni siquiera tienen nombre. Estos villanos acumulan bajo su firma hechizos capaces de sesgar a su favor la telaraña matemática de las finanzas globales. Con eso basta para mantener bajo su manto de terror y necesidad a millones de sujetos diminutos e incapaces. Su voluntad, organizada en un superorganismo invisible, es la suprema realización de los soberanos más ambiciosos.

Oponerse a ellos es resignarse a una vida montaraz y marginal, habitar en el constante peligro de la aniquilación laboral, social o, incluso, biológica. Muchos dicen atreverse, pero nadie que lo haga puede hablar de ello, por lo que todos mienten, aunque quizás entre tanta impostura se enhebre el hilo de la verdad.

¿Existe realmente este «sistema», este «capitalismo», este «neoliberalismo»? Pocas cosas pueden definirse con una lista de propiedades, y en ningún caso las grandes palabras que quieren decir procesos en la historia y aunar bajo su manto el rostro de todo un mundo. Decir capitalismo es decir mucho o demasiado poco, o decir cosas muy antiguas con nombre nuevo. No voy a tratar por tanto de teorizar, pero sí diré que me parece más una nota que se intensifica en el fluir de una melodía que una melodía nueva. El comercio, las monedas y el consumo existen desde muy antiguo, y desde siempre han sido jerarcas. ¿Por qué ahora nos decimos «capitalistas»? No es, repito, por una novedad, sino por la potencia de un mundo y sus técnicas capaces de convertir en género de comercio absolutamente todo, y de hacerlo descarnadamente, sin los escondrijos de antaño en autoridades metafísicas. Hoy esas autoridades son máscaras de seda que ya nada pueden ocultar. Todo es negocio, así que no busquéis otra forma de «valorar». ¿Qué sistema puede darse aquí sino el de una maquinaria inercial que viene acelerando desde muchos siglos atrás? No hay un «sistema» al que nos podamos oponer. En todo caso, podemos elegir vivir según usos peculiares y austeros. Tampoco existen congregaciones de poderosos pilotando una inmensa nave. Los conflictos nos atraviesan como siempre, así como las desigualdades, aunque hoy las vivamos cómodamente. Podemos ser guerreros de las luchas sociales cotidianas —porque las luchas globales nos aplastan—, de hecho es deseable que lo seamos, pero no estaremos luchando contra ningún monstruo, sino contra los oleajes de nuestra navegación.

La inercia amoral a la que llamamos capitalismo no es un engendro añadido maliciosamente a nuestro mundo, es nuestro propio mundo en su devenir lógico. Y sus opositores son su producto tanto como cualquier mercancía.

Deja un comentario