El discurso de los partidos políticos no es un manual para mejorar el mundo. Es un producto para ganar elecciones, y eso significa confrontación con otros productos. Todo discurso parte de una identidad básica y de la apropiación general de ciertos temas. Unos se apropian del medio ambiente o los servicios sociales, otros de la familia o la nación. La sinceridad es indiferente. El discurso no existe fuera del teatro mediático dónde se oferta el producto al elector. Oponerse y distinguirse del enemigo es imprescindible. A la mínima sensatez que a todo partido cabe suponerle, puede oponérsele una sensatez alternativa, pero si esta no tiene la suficiente fuerza diferenciadora, se cae frecuentemente en la insensatez. Así, las sensateces del origen mítico de las ideologías se van desfigurando en una espiral de insensateces que, fuera del circo de la democracia de mercado, no tienen sentido. Quienes se lo toman en serio creen que su patio de butacas es el mundo, cuando en realidad es una verdadera caverna platónica. Allí, la espiral llega a veces a tal extremo que muchos exclaman alarmados que el debate se está radicalizando. Pero no se trata de eso, sino del avance de la insensatez que, como un huracán imparable, lo destroza todo a su paso.