Ser artista es parecerlo: del fetiche al fantoche

Cuando «el Fary» aparecía en televisión, mi abuela decía: «Este es un gran artista». No le negaremos a este personaje sus talentos ―quien no los tiene―, lo que nos interesa es la heterogeneidad de contextos en los que el calificativo de «artista» es aplicado. El Fary lo es, por supuesto, y también todo el elenco de folclóricas y folclóricos imaginables. Lo es cualquier que cante, toque, pinte, escriba, esculpa, baile, componga, diseñe, etc. y que haya conseguido un mínimo de logros, como haber expuesto en el ayuntamiento de su pueblo y haber vendido tres o cuatro cuadros. Con esto ya le habrán llamado artista con seriedad. La campechana expresión de «eres un artista» está dedicada a cualquiera que por ocio le dedique un rato a la creatividad. ¿Que haces un bizcocho más o menos rico? Eres un artista. ¿Qué haces una caricatura de tu primo? Eres un artista. ¿Que haces una vasija porque te has apuntado a un cursillo de cerámica? Eres un artista. ¿Que zurces un calcetín? Eres un artista. ¿Qué empapelas una habitación sin dejar líneas entre las tiras? Eres un artista. Etc.

Pero todo el mundo sabe que hay artistas y artistas. No es lo mismo el Fary que Mozart, o el pintor de tu pueblo que Goya. Entre unos y otros hay una ascensión de escalones confusos, y muchas veces, más que subir, te suben. Para eso están los críticos y el marketing; en definitiva, el negocio de la cultura y la industria del ocio, que lo pone todo a la venta en el mismo nivel, el de la rentabilidad. En lo más alto, sin embargo, está el genio, porque todos los que están arriba, los que triunfan, son genios. Y al genio, si no es capaz de sostenerse por sí mismo, por sus propias obras, se le sostiene con toda la pirotecnia del espectáculo pertinente. Da igual que el negocio sea efímero, la posteridad es otro mito conveniente si se sabe aprovechar. Aunque el abuso del término «genio» obliga a otros senderos. Así sucede con el éxito de todo artista bien promocionado, que nada más nacer, por el mero hecho de ser expuesto a la gran audiencia, ya ha triunfado. Es decir, primero triunfa y luego, si se da el caso, saca un disco o lo que sea. 

Esta idea ramplona del genio, caricatura del genio romántico, que aunque ideal y fantasioso al menos tenía su grandeza, ha configurado el imaginario colectivo hasta el punto de que es posible hacer pasar a cualquier fantoche por un ser sobresaliente. En el arte de escenarios, galas y videoclips, el fetiche es el fantoche. Estos referentes son los que muchos tienen en la cabeza cuando dicen, o piensan o sienten, eso de «quiero ser artista». No hace falta, obviamente, convertirse en genio. Basta con ser artista, es decir, parecerlo. Porque el que está en el púlpito, gritando sobre las cabezas de la multitud y moviéndose según los usos folclóricos correspondientes, hace el papel de artista (sí, estamos afirmando que un rapero o un rockero, entre muchos otros, también son folclóricos, y que su parafernalia es una escenificación étnica parangonable a la de cualquier tribu de las que estudian los antropólogos, salvo que inserta en un contexto social muy diferente).

Más interesante es la de aquellos otros referentes cuya artisticidad está mesurada por un aura de intelectualidad: el escritor, el poeta, el artista contemporáneo, el académico famoso, el director de cine, el actor de teatro —aunque haga películas «para comer»—, etc. Sujetos todos que hacen presentaciones de libros y los firman, que hacen entrevistas «serias», que son objeto de los análisis de los críticos que escriben en los suplementos, o de algún youtuber con presupuesto, que reciben premios y dan discursos, que producen obras de culto. Cuando un aspirante a escritor, por ejemplo, autoedita su libro y lo vende en una de esas especuladoras plataformas de comercio online, busca emular estos roles de prestigio. Al final lo que importa, más que el libro en sí —porque cualquiera puede escribir una novela o un libro de autoayuda—, es aparecer ante los lectores, tener unas fotos colgadas con tu libro en las redes sociales que vas actualizando con los actos de tu agenda de artista, salir en una caseta de alguna feria y firmar al menos un par de ejemplares—aunque sea a un familiar y a un amigo del colegio— . Desde la modestia, se dirá: «No es gran cosa, pero ahí estoy». Donde puede estar cualquiera siempre que pague el coste de los servicios de las empresas de autoedición, o sea un poco mañoso. Al fin y al cabo, si anda como un pato, vuela como un pato y parpa —es decir, grazna— como un pato, es un pato. Si has publicado un libro, lo has presentado aunque sea modestamente, lo has expuesto en las redes y has firmado alguno, eres escritor, aunque solo sea parcialmente, como esas celebrities polímatas que son «escritora, modelo, actriz, diseñadora de joyas, influencer y chef». El libro en sí da lo mismo. Si preguntamos a las hordas de escritores que, editados o autoeditados, inundan el mercado si sus obras tienen algo que decir u ofrecer más allá de su personal satisfacción, nos dirán que sí, o que casi, o que «bueno, mi voz es modesta, pero aporto mi granito de arena…», su granito de arena a ¿qué? ¿Quién tiene algo que decir? Algo que decir de verdad. No queremos dar a entender, por otro lado, que para ser escritor haya que pasar por el filtro selector de una editorial. Estas empresas, en general, se diferencian de las de autoedición en que el coste lo pagan ellas confiadas en que la firma del autor valdrá para vender mucho. Y por eso les interesa, por encima de cualquier cosa, la fama de este autor, alguien que porte ya un aura lo suficientemente luminosa como para que, con un poco de publicidad, sea fácilmente transformado en artista. La conclusión es la misma: ser artista es parecerlo y parecer se agota en el personaje.

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